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  OPINIÓN  22 de agosto de 2015
Apuntes Ciudadanos: Yo debato, Nosotros debatimos y Ellos debaten
En esta oportunidad, Alejandro Rojo Vivot (1) reflexiona sobre lo importante que son los debates, donde la reflexión y escuchar a los otros, nos ayuda a los ciudadanos para formar opinión y la toma de decisiones en la participación ciudadana.

Foto: A. Rojo Vivot. Tapa revista El Gladiador, Buenos Aires, 15 de enero de 1904. Debate parlamentario por la unificación de las elecciones

 

"El objeto de toda discusión no debe ser el triunfo, sino el progreso".

Joseph Joubert (1754-1824)

El debate es una extraordinaria herramienta, propia de los seres humanos, que puede contribuir significativamente a la reflexión, construcción de conocimiento, intercambio de información, etcétera, dentro de procesos de formación de opinión, toma de decisiones, etcétera; en otros casos, ser parte de un ciclo extenso o quedarse sin haber alcanzado ninguna meta.

En el contexto de la democracia es un componente principal para su desarrollo cualificado; en los sistemas autoritarios o con sesgos en tal sentido el debate es, por lo menos, desalentado y reemplazado por el adoctrinamiento social.

El célebre político Charles de Gaulle (1890-1970) declaró: "¿Cómo se puede gobernar un país que tiene 246 diferentes clases de queso?" [2], y lo parafraseamos: en política hay tantas opiniones como habitantes; al respecto quienes se autoatribuyen ser los poseedores excluyentes del pensamiento único y de las buenas intensiones patriotas están más próximos a la imposición de acotadas ideas ninguneando a las demás.

Las culturas que incorporaron al debate como una cuestión significativa, frecuentemente, incluyen su estudio y práctica en los contenidos curriculares de sus sistemas educativos, promoviendo la reflexión, aprendiendo a escuchar a los otros, como de algunas buenas prácticas expositivas. Imaginemos a docentes empleando, como recurso didáctico, el generar algunos debates organizados entre sus alumnos sobre algunos temas específicos, alternando así las clases expositivas y exposiciones para la evaluación, quizá, manifestadas casi de memoria, favoreciendo la cultura de la acumulación de conocimiento en desmedro de, por caso, el desarrollo del análisis crítico que incluye, desde luego, haber accedido en tiempo y forma a adecuada y suficiente información.

Otro tanto podrían hacer los partidos políticos en sus respectivos planes de formación de dirigentes e, inclusive, aliarse entre varios para emprender una tarea en común que beneficiará a todos sus afiliados, a los debates en que luego se encontrarán y a la comunidad en su conjunto.

¿Tendríamos mejores posibilidades de mejores comunidades, más calificados ciudadanos y una más cualificada democracia?

Cabe tener presente que, asiduamente, al concepto discusión le damos una connotación más próxima a la pelea o a situaciones equivalentes cuando, en definitiva, es también un proceso donde se exponen distintos puntos de vista, fundamentos, etcétera, con la meta de arribar a un resultado superador o, a veces, que sea neutro (empate).

En épocas electorales los debates deberían incrementarse notoriamente en cantidad, diversidad de personas que intervienen, espacios en que se desarrollan, habiendo instancias propias de cada sector como las abiertas donde el público accede de alguna manera.

No existen pruebas irrefutables con respecto a que el que está seguro de triunfar no le conviene debatir con los demás candidados y sí la hay con relación a que los exitosos debates públicos inciden notoriamente en los resultados finales en cuanto a la opción definitiva de parte del electorado, sobre todo la de los que deciden en cada oportunidad y, por caso, al acrecentar el interés ciudadano por participar.

Es clave procurar que el debate sea también un valor cultural y que esté incluido en la 

democracia cotidiana como en la institucional. Es así que, por caso, se activirá la condena social ante el intercambio de insultos, amenazas, denuncias infundadas o notoriamente a destiempo o fuera de contexto, la clara identificación de los carentes de propuestas con algún tipo de fundamento, las respuestas de circunstancia o empleando verbos en modo imperfecto que a nadie compromete cabalmente, generalizaciones facilistas y voluntaristas fáciles de decir y difíciles de comprobar en los hechos, etcétera.

Para debatir hay que prepararse, contar con alguna estrategia, acordar un procedemiento previamente y, llegado el caso, capacitarse aunque sea en algunas cuestiones básicas y principales. Eso es posible y vale la pena.

También el público debe procurar alcanzar algún nivel de atención crítica que le permita comprender cabalmente lo dicho, las prioridades enunciadas taxativamente, las ausencias, los silencios, los valores puestos en evidencia como el respeto al que piensa distinto, la capacidad de escucha y, por ejemplo, las actitudes personales durante el debate. El ciudadano tiene que estar atento, el elector ha de sopesar las opciones más allá que termine eligiendo lo resuelto en primera instancia, inclusive mucho antes de cualquier tipo de debate.

A veces, los debates públicos electorales pueden parecer de todo menos un acto democrático donde la diversidad es una cuestión inexcusable y en el ejercio pleno de los derechos humanos; pero mucho más grave, desde el punto de vista de los ciudadanos, es que se evadan realizarlos.

El ejercicio público de debatir diagnósticos y promesas electorales eleva notoriamente las capacidades de cada elector a la hora de optar entre las distintas propuestas partidarias presentadas; que duda cabe.

Cuando la población expresamente demanda calidad institucional, a la corta o a la larga, incide positivamente en tal sentido, mientras que el desinterés favorece el amesetamiento y a extenderse la democracia delegativa menguando las posibilidades de desarrollo sustentable.

La calidad y cantidad de los debates que anteceden los comicios están señalando palmariamente el futuro próximo y del horizonte visible; nada más y nada menos.

Un primer y claro indicador resultará de responder al interrogante: ¿En mi comunidad, mínimamente, todos los candidatos que enuncian sus deseos de servicio público, se han puesto de acuerdo para debatir pública e inteligentemente y lo han efectivizado con tiempo suficiente para posterior y tan necesaria reflexión ciudadana a la hora de votar?

Habrá ciudadanos que estiman que poco o nada se puede hacer para incidir buscando lograr comunidades mejores, que intentarlo con algún grado de éxito es una mera formulación teórica, mientras otros nos inclinamos a pensar que es posible y que muchos ejemplos sustentan este convencimiento; el debate está abierto y es oportuno.

 

[1] Consultor independiente. www.youtube.com/watch?v=npreXcy8C1w

[2] Revista Time, Nueva York, Estados Unidos de Norte América. 16 de marzo de 1962.



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