
Ballenas muertas en Chubut: dos fenómenos y varias preguntas que la ciencia intenta responder
Guillermo Pérez Luque
La pregunta es sencilla, pero responderla requiere tiempo: ¿por qué están muriendo ballenas francas australes en las costas de Chubut?
Los científicos todavía no tienen una única explicación y, de hecho, la información reunida hasta el momento indica que podría tratarse de más de un fenómeno ocurriendo simultáneamente.


El CENPAT-CONICET informó que especialistas de distintas instituciones trabajan sobre los animales encontrados muertos, tomando muestras, realizando necropsias y analizando posibles agentes infecciosos y factores ambientales.
La investigación se desarrolla dentro del Programa de Monitoreo Sanitario de Ballena Franca Austral, liderado por la médica veterinaria Marcela Uhart, junto con organismos provinciales, investigadores del CENPAT-CONICET, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y la Red de Fauna Costera de Chubut.
La Secretaría de Ambiente provincial calificó lo que está ocurriendo como una “situación sanitaria inusual” y confirmó que el operativo incluye necropsias y análisis científicos y microbiológicos.
Pero los primeros resultados obligan a separar dos escenarios.
Qué se encontró en las crías
Según la información difundida por CENPAT-CONICET, se enviaron más de 100 muestras correspondientes a 29 ballenatos para ser analizadas en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UNICEN.
Los análisis detectaron la presencia de Erysipelothrix rhusiopathiae, una bacteria que puede producir infecciones sistémicas y que ha sido asociada con cuadros de septicemia en cetáceos.
La información oficial provincial confirma que las muestras analizadas previamente en ballenatos arrojaron la presencia de esa bacteria asociada a casos de septicemia.
Esto aporta una pista importante, pero no significa que pueda atribuirse automáticamente a la bacteria cada muerte registrada durante la temporada.
La investigación continúa precisamente para determinar qué papel tuvo el microorganismo en cada caso, cómo ingresó al organismo de los animales y qué otros factores pueden haber intervenido.
Una bacteria que ya había sido encontrada hace diez años
Aquí aparece un antecedente científico particularmente relevante. En 2016, un equipo integrado por Carla Fiorito, Adriana Bentancor, Daniel Lombardo y Marcelo Bertellotti, investigadores del CENPAT-CONICET y de la Universidad de Buenos Aires, publicó un estudio sobre esta misma bacteria en crías de ballena franca austral de Península Valdés.
Las muestras habían sido tomadas durante la temporada reproductiva de 2013.
Los investigadores estudiaron nueve ballenatos (cuatro vivos y cinco encontrados muertos)que presentaban heridas provocadas por gaviotas cocineras (Larus dominicanus), aves que picotean el lomo de las ballenas para alimentarse de piel y grasa.
Dos de aquellos animales tenían lesiones particularmente llamativas: inflamadas y rodeadas por bordes elevados con forma romboidal. Uno estaba vivo y el otro había muerto.
En ambos casos, mediante cultivo bacteriano y análisis por PCR, los investigadores identificaron Erysipelothrix rhusiopathiae. Según señalaron entonces, era la primera vez que se aislaba esa bacteria en heridas provocadas por ataques de gaviotas sobre crías de ballena franca austral.

Las heridas como puerta de entrada
El hallazgo permitió plantear una consecuencia menos visible de los ataques de las gaviotas.
La piel sana constituye una barrera que protege al animal frente a microorganismos presentes en el ambiente. Cuando una gaviota arranca tejido y grasa, esa barrera se rompe.
Los científicos propusieron entonces que las heridas podían funcionar como una vía de entrada para microorganismos potencialmente patógenos.
En el ballenato muerto estudiado en 2013 encontraron además lesiones importantes: dermatitis supurativa, inflamación del tejido graso, vasculitis y trombos dentro de vasos sanguíneos. También observaron bacterias alrededor y dentro de esos vasos.
Sin embargo, los investigadores no pudieron determinar que aquel ballenato hubiera muerto como consecuencia de la infección, porque no tuvieron acceso a muestras de órganos internos que permitieran confirmar una septicemia generalizada.
Tampoco demostraron que las gaviotas fueran necesariamente quienes transmitieron la bacteria. La lesión podía haber facilitado el ingreso de un microorganismo presente en el ambiente. La distinción sigue siendo importante diez años después.
Los adultos muestran otro cuadro
La situación cambia cuando se observan las ballenas adultas encontradas muertas durante los últimos días.
Según el informe oficial, estos animales no presentan hasta el momento signos preliminares compatibles con el mismo cuadro bacteriano observado en las crías.
Eso llevó a los especialistas a investigar otras posibilidades. Una de ellas es la exposición a toxinas producidas por floraciones algales nocivas, popularmente conocidas como “marea roja”.
Para analizar esa hipótesis se incorporarán progresivamente muestreos de agua y moluscos en los golfos Nuevo y San José, además de estudios de temperatura, parámetros fisicoquímicos y patógenos presentes en el agua.
El CENPAT también informó que se estudian posibles relaciones con variables climáticas y atmosféricas. Pero la hipótesis de marea roja todavía no está confirmada para las muertes actuales.

Por qué la hipótesis de las toxinas tiene antecedentes
En la primavera de 2022, el Golfo Nuevo experimentó una intensa floración algal nociva dominada por microorganismos productores de toxinas paralizantes.
Entre el 24 de septiembre y el 11 de octubre de aquel año se registraron 30 ballenas francas australes muertas: 28 adultas y dos juveniles.
Un estudio desarrollado por científicas del CENPAT demostró después que las toxinas podían desplazarse a través de la red alimentaria marina, desde el fitoplancton y el zooplancton hasta peces y mamíferos marinos.
También detectaron toxinas paralizantes en materia fecal de ballenas vivas, demostrando que animales que sobrevivieron al episodio habían estado expuestos.
El antecedente permite considerar nuevamente esa posibilidad. Pero un antecedente no es una prueba de que esté ocurriendo lo mismo ahora.
Por eso los científicos necesitan medir actualmente la presencia de microalgas, toxinas y organismos que pueden transferirlas dentro de la cadena alimentaria.
Dos fenómenos que no conviene mezclar
Los datos reunidos hasta ahora sugieren separar claramente las investigaciones.
Por un lado están las crías, donde apareció Erysipelothrix rhusiopathiae y existe incluso un antecedente científico que relaciona esa bacteria con heridas provocadas por gaviotas.
Por otro están los adultos encontrados recientemente, que no muestran por ahora el mismo cuadro y para los cuales se estudian otros posibles desencadenantes, incluida la exposición alimentaria a ficotoxinas.
Eso no significa todavía que existan dos causas definitivamente establecidas.
Significa que la evidencia disponible no permite atribuir todas las muertes a un único mecanismo.
Una temporada con cientos de crías
El contexto poblacional también ayuda a dimensionar el fenómeno. El primer censo aéreo de ballenas francas realizado esta temporada por investigadores del CENPAT, el 6 de septiembre, contabilizó 1.375 ejemplares en las costas de Chubut, de los cuales 409 eran crías.
Esos números corresponden a una fotografía poblacional tomada en una fecha determinada y no deben utilizarse directamente para calcular porcentajes de mortalidad de toda la temporada.
Pero muestran la magnitud de la concentración de ballenas que cada año utiliza los golfos patagónicos para reproducirse y criar.
La respuesta llegará de las muestras
La consigna difundida por el propio CENPAT resume bien el momento actual: “Investigar lleva tiempo. La evidencia es fundamental”.
Los especialistas están acumulando piezas de un rompecabezas: tejidos de animales muertos, análisis microbiológicos, agua, moluscos, presencia de toxinas, parámetros ambientales, antecedentes epidemiológicos y trabajos científicos previos.
El estudio de 2016 demuestra por qué esos antecedentes son importantes. Lo mismo ocurre con la mortandad vinculada a una floración algal registrada en 2022. Ambos antecedentes ayudan a orientar la investigación.
Pero ninguno reemplaza las pruebas que deben obtenerse sobre los animales que están muriendo ahora.
Hasta que esos resultados estén disponibles, la principal conclusión científica es también la más prudente: hay pistas sólidas, existen antecedentes relevantes y se investigan varias hipótesis, pero todavía quedan preguntas abiertas sobre las causas de la actual mortandad de ballenas francas en Chubut.






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