
Un estudio reconstruye la forma del Lautaro, el volcán casi oculto bajo el Hielo Patagónico Sur
Guillermo Pérez Luque
El volcán Lautaro emerge del Campo de Hielo Patagónico Sur. Foto: José Allende
El hielo cubre casi por completo al volcán Lautaro, pero su relieve conserva pistas de cómo fue construido por sucesivas emisiones de lava. Reconocer esas formas entre glaciares, pendientes y superficies erosionadas permite reconstruir una historia que sigue siendo difícil de estudiar sobre el terreno.
Ese desafío abordaron José Pablo Sepúlveda y Cristián Rodrigo, investigadores de la Universidad Andrés Bello de Chile, en un trabajo publicado en la revista científica Andean Geology. Sepúlveda también integra el Instituto Milenio de Investigación en Riesgo Volcánico Ckelar.
Los autores presentan lo que describen como “la primera evaluación morfológica cuantitativa de este volcán”. Su análisis identifica dos edificios principales, varios centros de emisión y antiguas coladas (corrientes de lava solidificada), entre ellas una que se extiende aproximadamente 11 kilómetros hacia el sur.
El estudio también mira hacia el este de la cordillera. Testimonios recogidos desde los lagos Argentino y Viedma, observaciones en la cuenca del río Coyle y cenizas conservadas en sedimentos lacustres argentinos ayudan a revisar la actividad de este volcán remoto.

A. Mapa de ubicación de la Zona Volcánica Austral (AVZ) de los Andes. NVZ: Zona Volcánica Norte; CVZ: Zona Volcánica Central; SVZ: Zona Volcánica Sur.
B. Ubicación del volcán Lautaro dentro del Campo de Hielo Patagónico Sur.
C. Imagen satelital del repositorio Bing Maps que muestra el volcán Lautaro cubierto por una capa permanente de hielo. Los límites de los glaciares fueron simplificados a partir del Inventario Nacional de Glaciares de la Dirección General de Aguas del Ministerio de Obras Públicas de Chile.
Con 3.607 metros sobre el nivel del mar, el Lautaro es el volcán más alto y que está más al Norte de la Zona Volcánica Austral de los Andes. Su ubicación en el Campo de Hielo Patagónico Sur, el clima y las dificultades de acceso explican, en parte, por qué todavía existen pocos estudios geológicos de campo.
Para reconocer sus estructuras, Sepúlveda y Rodrigo utilizaron un modelo digital de elevación y una técnica denominada mapa de relieve en escala de rojos. El procedimiento combina información sobre las pendientes y las formas del terreno, resaltando crestas, depresiones, bordes y superficies relativamente planas.
Así pudieron distinguir rasgos que resultan difíciles de interpretar en imágenes convencionales. Los colores del mapa representan características del relieve, no temperaturas ni lava caliente. La reconstrucción se apoya en las formas de la superficie y en su interpretación geológica.
El resultado muestra una arquitectura más compleja que la imagen habitual de un volcán con un único cono. En la base aparecen lavas extendidas, muy erosionadas, algunas con aspecto de meseta. Por encima se reconocen dos edificios principales separados por un paso elevado, además de centros menores.
Un edificio volcánico es un relieve topográfico que se forma sobre la superficie terrestre debido a la acumulación de materiales expulsados durante una o varias erupciones volcánicas

Mapa de relieve en escala de rojos (RRIM) que muestra el volcán Lautaro y el sector norte de la cadena montañosa Pío XI. Fue generado utilizando un radio de búsqueda de 1.000 metros. Las formas elevadas del terreno se representan en blanco; los fondos de los valles, en negro; las pendientes pronunciadas, en rojo intenso; y las superficies planas, en gris.
El edificio norte corresponde a la cumbre que el artículo identifica como activa y presenta lavas cortas superpuestas. El del sur está asociado con coladas de mayor recorrido. Hacia el noreste, los investigadores reconocen “al menos cinco centros de emisión orientados de noreste a sudoeste”, entre los que se encuentran estructuras conocidas como Mimosa y Pangrec.
También describen restos interpretados como el borde de una antigua caldera en Gorra Blanca y un centro lateral hacia el oeste-noroeste.
A partir de la posición de las lavas, sus formas y su grado de conservación, organizaron los materiales en cuatro unidades principales, denominadas Lautaro I, II, III y IV. Esa clasificación permite proponer etapas de construcción, aunque todavía faltan fechas para establecer cuándo se formó cada una.
El relieve sobre el que creció el volcán habría tenido un papel importante. La reconstrucción sugiere que hacia el norte y el este existía una superficie más baja y relativamente plana, mientras que hacia el sur y el oeste el terreno era más elevado.
Las primeras lavas pudieron ocupar esas depresiones. Otras encontraron barreras que modificaron su recorrido. Una de las coladas meridionales, de unos 11 kilómetros, se dividió en dos grandes lóbulos, un comportamiento que los autores relacionan con la presencia de la cadena montañosa Pío XI.
El trabajo calcula un volumen aproximado de 52 kilómetros cúbicos para el volcán. La cifra surge de comparar la topografía actual con una superficie previa reconstruida mediante un modelo, por lo que debe entenderse como una estimación.
Para su antigüedad, los investigadores recuperan dataciones anteriores de rocas transportadas por el glaciar HPS9 y depositadas en una morrena. Esos resultados indican que el Lautaro habría tenido actividad hace al menos unos 170.000 años. Su origen podría ser más antiguo, porque las muestras disponibles son escasas y fueron desplazadas de su ubicación original.

La historia más reciente también conserva interrogantes. Durante décadas, distintos observadores atribuyeron al Fitz Roy las señales de un volcán activo situado entre los hielos. El artículo recuerda que Carlos Moyano propuso en 1884 buscar ese centro emisor en algún lugar al noroeste del macizo.
Entre los antecedentes de Santa Cruz figura un registro del 12 de diciembre de 1877, cuando Thomas Rogers mencionó retumbos o explosiones desde Lago Argentino y señaló al Chaltén o Fitz Roy como posible origen. La revisión incorpora además observaciones desde Lago Viedma en 1878 y 1884.
Uno de los relatos más detallados corresponde a 1883, desde la cuenca alta del río Coyle. El testimonio, recuperado a través de las memorias de William Greenwood y de un estudio de Mateo Martinic, describe explosiones, incandescencia nocturna y una columna oscura, seguida de caída de cenizas.
Según ese registro histórico, la ceniza habría alcanzado hasta cinco centímetros de espesor y la actividad podría haberse prolongado durante siete días. Son datos provenientes del relato, cuya precisión debe distinguirse de una medición instrumental.

Mapa de espesores (isópacas) del volcán Lautaro, con curvas de igual espesor cada 50 metros. Los valores negativos aparecen donde la interpolación subestima la topografía real previa a la erupción, debido al efecto de borde o a la presencia de valles de erosión. Los mayores espesores del volcán se encuentran en la superficie deprimida, a lo largo de la cumbre norte y del alineamiento noreste-sudoeste.
Los investigadores interpretan que durante las décadas de 1870 y 1880 hubo un ciclo de actividad intermitente, “con episodios importantes en 1879, 1883 y 1884”.
Las huellas también quedaron en los lagos. El artículo recoge investigaciones previas que atribuyeron capas de ceniza de Laguna del Desierto al ciclo eruptivo de 1959–1960. Ese episodio cuenta con observaciones más directas: el piloto Alfonso Cuadrado Merino fotografió una columna eruptiva el 28 de diciembre de 1959, y la expedición de Eric Shipton llegó a la base del Lautaro el 19 de enero de 1960 y estableció su ubicación cartográfica.
Otro cambio en la interpretación histórica surge del llamado “volcán Viedma”. Estudios de campo determinaron que ese relieve que sobresale entre los hielos está compuesto por rocas metamórficas y carece de la naturaleza volcánica que se le había atribuido.
Esto lleva a reconsiderar el origen de cenizas y episodios asociados anteriormente con ese lugar. Sepúlveda y Rodrigo proponen que algunos podrían corresponder al Lautaro, incluido un episodio de 1988 relacionado con un registro sedimentario de Laguna Gemelas Este. Mantienen, sin embargo, una formulación cautelosa sobre esa atribución.
La relación con los glaciares es otra de las preguntas abiertas. El artículo recupera hipótesis anteriores sobre una posible influencia de la actividad geotérmica o volcánica en los ciclos del glaciar Pío XI, conocido por sus avances y engrosamiento durante los períodos analizados por otros estudios.
Esa conexión todavía requiere investigación. El nuevo trabajo reconstruye formas y revisa antecedentes, pero no demuestra que el volcán sea la causa del comportamiento del glaciar.
Su aporte es ofrecer una base más detallada para continuar estudiándolo. Los autores concluyen que los registros históricos sitúan al Lautaro como “el centro volcánico más activo de la Zona Volcánica Austral desde finales del siglo XIX”, y subrayan la necesidad de profundizar su investigación y monitoreo.
Entre las estructuras conservadas bajo la cobertura de hielo, las cenizas depositadas en lagos y los testimonios recogidos en Santa Cruz, el Lautaro empieza a mostrar una historia más completa. Establecer con mayor precisión cuándo se construyeron sus distintas partes y cómo interactúa con los glaciares sigue siendo una tarea pendiente.
Fuente: Sepúlveda, J. P. y Rodrigo, C. (2026). “Morphological analysis of Lautaro volcano, Austral Volcanic Zone of the Andes: Insights into the evolution of an active volcano in the Southern Patagonian Ice Field”. Andean Geology,






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