Chaquetas amarillas: por qué aumentan los riesgos de picaduras en otoño
La creciente presencia de las avispas chaqueta amarilla en la región encendió alertas en ámbitos sanitarios y ambientales, sobre todo entre quienes realizan actividades al aire libre. Esta especie, conocida científicamente como Vespula germanica, se ha expandido de forma sostenida en zonas como la Patagonia, donde durante el otoño incrementa su conducta defensiva.
Estas avispas fueron registradas por primera vez en Argentina en la década de 1970, en Neuquén. Desde entonces, su avance ha sido constante, con una tasa de expansión estimada en 37 kilómetros por año, según estudios del CONICET. Su capacidad de adaptación les ha permitido colonizar tanto áreas rurales como urbanas.
A diferencia de las abejas, las chaquetas amarillas presentan un cuerpo negro con bandas amarillas bien definidas y simétricas. Miden alrededor de medio centímetro y tienen un vuelo rápido y errático. Una de sus características más peligrosas es que pueden picar repetidas veces sin perder el aguijón, además de morder con sus mandíbulas.
Suelen nidificar bajo tierra, en cavidades naturales o madrigueras abandonadas, aunque también pueden instalarse en árboles, estructuras o viviendas. Sus nidos, construidos con celulosa y saliva, pueden pasar desapercibidos, lo que incrementa el riesgo de encuentros accidentales.
Con la llegada del otoño, el comportamiento de estas avispas cambia de forma notable. La disminución de recursos alimenticios las vuelve más agresivas y territoriales. En esta etapa, las colonias alcanzan su mayor tamaño, con miles de individuos, y reaccionan rápidamente ante cualquier perturbación cercana al nido.
Este aumento de la actividad defensiva eleva el riesgo de ataques, especialmente en tareas como jardinería, senderismo o corte de leña, como ocurrió en el reciente caso de Loncopué. “Cada vez que notemos que hay una o más chaquetas amarillas cerca nuestro sería importante proponernos llamarle la atención lo menos posible, permaneciendo quietos hasta que se alejen, sin intentar pegarles o realizar movimientos bruscos que pudieran generar reacciones que terminen en picaduras o mordeduras”, explicó el investigador Francisco Javier Sola a Infobae.
La picadura de la chaqueta amarilla provoca dolor intenso, enrojecimiento e inflamación local. Sin embargo, en personas alérgicas o ante múltiples picaduras, puede desencadenar cuadros graves como el shock anafiláctico, que requiere atención médica urgente.
Entre los síntomas de alerta se encuentran la hinchazón de rostro o garganta, dificultad para respirar, urticaria y pérdida de conciencia. En estos casos, la intervención inmediata puede ser vital.
Especialistas del CONICET y de la Administración de Parques Nacionales insisten en la prevención como principal herramienta:
- Evitar perturbar zonas donde pueda haber nidos, especialmente en otoño.
- No usar perfumes ni ropa de colores llamativos.
- Mantener alimentos y bebidas cerrados en campamentos o picnics.
- Revisar carpas, mochilas y vehículos antes de utilizarlos.
- No caminar descalzo en césped o áreas boscosas.
- Mantener la calma si una avispa se posa sobre el cuerpo; no aplastarla ni hacer movimientos bruscos.
En caso de picadura, se recomienda aplicar frío local y consultar rápidamente a un profesional de la salud si aparecen síntomas inusuales. Si se detecta un nido en viviendas o espacios públicos, se debe dar aviso a autoridades y evitar intervenir por cuenta propia.
Más allá del riesgo para las personas, la chaqueta amarilla también representa una amenaza para los ecosistemas. Su comportamiento predador afecta a polinizadores nativos y genera pérdidas en la apicultura al atacar colmenas. Además, puede dañar frutas maduras, facilitando la propagación de enfermedades en cultivos.