
Hallazgos revelan posibles contactos entre antiguos pobladores de Santa Cruz y navegantes del Estrecho de Magallanes
Guillermo Pérez Luque
Un conjunto de antiguas puntas de proyectil recuperadas en la región de Tapi Aike, en el sudoeste de Santa Cruz, permitió a investigadores argentinos reconstruir aspectos poco conocidos de la vida de los cazadores-recolectores que habitaron la Patagonia durante el Holoceno tardío.
El trabajo, publicado recientemente en la Revista del Museo de Antropología, fue realizado por especialistas de CONICET y la Universidad de Buenos Aires, quienes analizaron cabezales líticos hallados en superficie mediante técnicas de morfometría geométrica, una herramienta que permite estudiar con precisión las variaciones de forma y tamaño de objetos arqueológicos.


Pero más allá del análisis técnico, uno de los resultados más llamativos del estudio es que algunas de las piezas halladas podrían reflejar vínculos e intercambios entre poblaciones del interior de Santa Cruz y grupos marítimos que habitaban el Estrecho de Magallanes.
Una pieza que llamó la atención de los investigadores
Entre las puntas estudiadas apareció un ejemplar particularmente singular.
Los investigadores la clasificaron como “Tipo Santa Ana”, debido a su notable semejanza con artefactos hallados en la localidad de Punta Santa Ana, ubicada en la costa norte del Estrecho de Magallanes, en Chile.
Según explica el trabajo científico, la denominación se basa en su similitud con piezas asociadas a "conjuntos de cazadores-recolectores marítimos", caracterizados por el aprovechamiento de recursos costeros y la navegación.

La presencia de una pieza de esas características en Tapi Aike abre interrogantes sobre posibles contactos entre grupos humanos separados por cientos de kilómetros.
Aunque los autores aclaran que se necesitan nuevos estudios para confirmar esa hipótesis, consideran que el hallazgo podría estar relacionado con procesos de intercambio, movilidad o circulación de conocimientos tecnológicos en el extremo sur del continente.
Más que simples puntas de flecha
La investigación se concentró en el análisis de diez cabezales líticos pertenecientes principalmente a los tipos conocidos como Fell IV y Fell V, diseños ampliamente documentados en Patagonia.
Tradicionalmente, este tipo de materiales se clasificaban únicamente según su forma. Sin embargo, los investigadores aplicaron nuevas herramientas estadísticas que permitieron observar que muchas diferencias entre las piezas no necesariamente responden a tipos distintos, sino a las modificaciones que sufrieron durante su vida útil.
El estudio concluye que "gran parte de la variabilidad morfológica y métrica de la muestra se asocia a los procesos de reducción", es decir, a las sucesivas reparaciones, retoques y reutilizaciones realizadas por sus propietarios.
En otras palabras, varias puntas cambiaron de aspecto con el paso del tiempo a medida que eran afiladas o adaptadas para seguir siendo utilizadas.
Pistas sobre la Patagonia de hace más de mil años
Los investigadores señalan además que las similitudes observadas entre los materiales de Tapi Aike y otros conjuntos arqueológicos del extremo sur continental sugieren la existencia de "circulación de diseños y posibles patrones de interacción macrorregional durante el Holoceno tardío".
Ese período abarca aproximadamente los últimos 4.500 años antes del presente y corresponde a una etapa en la que distintos grupos humanos ocuparon gran parte de la Patagonia austral.
Tapi Aike es una de las áreas arqueológicas más importantes del sur santacruceño. Sus hallazgos permiten reconstruir la ocupación humana de una región estratégica ubicada entre la meseta central, el estrecho de Magallanes y los campos volcánicos del extremo austral.
Para los autores, la combinación entre estudios tipológicos tradicionales y nuevas técnicas de análisis permite comprender mejor cómo vivían, se desplazaban y se relacionaban los grupos humanos que poblaron la Patagonia hace miles de años.
Y aunque el trabajo se centra en apenas una decena de piezas, sus resultados aportan nuevas evidencias sobre una pregunta que sigue fascinando a arqueólogos e historiadores: cómo se conectaban entre sí los antiguos habitantes del extremo sur del continente mucho antes de la llegada de los europeos.






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