La historia del Upsala está escrita bajo el agua: un nuevo estudio reconstruye miles de años del glaciar
Una parte de la historia del glaciar Upsala quedó escrita sobre las montañas. Otra, mucho menos visible, permanece oculta bajo cientos de metros de agua en el Lago Argentino.
Allí, en el fondo del Brazo Upsala, quedaron antiguas formas del relieve construidas cuando el frente del glaciar estaba muchos kilómetros por delante de su posición actual. Son morenas sumergidas, acumulaciones de roca y sedimentos que permiten reconocer lugares donde alguna vez terminó el hielo.
Esas huellas bajo el agua, combinadas con morenas todavía visibles en tierra y con sedimentos extraídos del fondo del lago, permitieron ahora reconstruir con un nivel de detalle inédito varios miles de años de avances y retrocesos de uno de los grandes glaciares del Campo de Hielo Patagónico Sur.
El trabajo se titula Late Holocene history of Glaciar Upsala, southern Patagonia, constrained by terrestrial and lacustrine records y fue publicado en la revista científica Quaternary Science Reviews.
El equipo está encabezado por el investigador argentino Matías Romero, vinculado a la Universidad Nacional de Córdoba, CICTERRA-CONICET y la Universidad de Wisconsin-Madison. También integran el equipo de investigadores los argentinos Jorge Strelin y Guido Brignone, además de científicos de universidades y centros de investigación de Estados Unidos y Reino Unido.
Leer el pasado debajo del lago
Cuando un glaciar avanza empuja y transporta enormes cantidades de roca y sedimentos. Al estabilizarse durante cierto tiempo puede formar una morena, una suerte de terraplén natural que señala una antigua posición de su frente.
El problema es que esos registros son incompletos. Un avance posterior puede destruir una morena anterior y muchas de las antiguas posiciones del Upsala se encuentran hoy bajo las aguas del Lago Argentino.
Por eso el nuevo estudio reunió distintos tipos de evidencia. Los científicos utilizaron imágenes sísmicas del fondo del lago para reconocer antiguas formas glaciares sumergidas. También analizaron tres testigos de sedimentos lacustres laminados estacionalmente, que conservan aproximadamente el último milenio de historia. Y además incorporaron diez nuevas dataciones mediante berilio-10 (^10Be) realizadas sobre grandes bloques depositados por antiguas morenas.
El berilio-10 funciona como una especie de reloj geológico. Cuando una roca deja de estar cubierta por hielo queda expuesta a la radiación cósmica y comienza a acumular determinados isótopos. Midiendo esa señal es posible estimar cuánto tiempo lleva expuesta.
Los sedimentos del lago aportan otro tipo de información. Sus características físicas y químicas cambian según la cercanía o lejanía del frente glaciar. De esa manera, una columna de sedimentos extraída del fondo puede guardar, capa tras capa, señales de períodos en los que el hielo avanzó, permaneció relativamente estable o retrocedió.
La combinación permitió cubrir justamente uno de los vacíos que tenían las reconstrucciones anteriores. Es que, según afirman, se conocían con bastante precisión algunas grandes posiciones de avance, pero mucho menos acerca de qué ocurrió entre ellas.
El Upsala nunca estuvo quieto
La nueva reconstrucción muestra que al igual que otros, el glaciar Upsala avanzó y retrocedió numerosas veces mucho antes de las observaciones modernas. No existió durante miles de años un frente fijo que recién comenzó a modificarse en el siglo XX.
La mayor expansión del Holoceno que quedó preservada en el paisaje ocurrió aproximadamente hace 4.500 años, posiblemente antes. Luego siguió un retroceso que tuvo lugar después de unos 4.000 años atrás y antes de aproximadamente 2.000 años atrás.
Más tarde hubo nuevos avances entre aproximadamente 2.000 y 1.000 años atrás, seguidos por posiciones del margen de hielo relativamente estables hasta hace alrededor de un milenio.
El último millar de años aparece todavía más dinámico. Los investigadores identificaron períodos de avance entre aproximadamente 700 y 600 años atrás, otro alrededor de 400 años atrás y uno más reciente entre aproximadamente 200 y 100 años atrás.
Esa última etapa incluye el período asociado a la llamada Pequeña Edad de Hielo, cuando numerosos glaciares patagónicos alcanzaron posiciones avanzadas.
Los autores resumen que es justamente esa larga historia de variaciones la que permite poner en perspectiva lo ocurrido recientemente.
Lo diferente ocurre en las últimas ocho décadas
Después de los últimos avances comenzó un retroceso progresivo. Y allí aparece el resultado más contundente de la investigación.
Durante aproximadamente los últimos 80 años, los autores calculan tasas de retroceso que varían, según los períodos considerados, entre unos 110 y 565 metros por año.
La comparación con los registros anteriores lleva a los investigadores a la conclusión de que esas tasas están “superando las observadas en cualquier otro período del Holoceno”.
Eso no significa que el Upsala esté retrocediendo actualmente 565 metros todos los años. El número corresponde al extremo superior de las tasas calculadas para distintos intervalos dentro de aproximadamente las últimas ocho décadas.
El dato importante es otro: cuando los científicos colocan el retroceso contemporáneo dentro de varios miles de años de historia glaciar, su velocidad sobresale claramente respecto de los períodos anteriores que pudieron identificar.
La dimensión espacial del cambio también es notable. Investigaciones previas utilizadas por el nuevo trabajo muestran que, desde las morenas más recientes del Holoceno tardío, el frente del Upsala se desplazó más de 12 kilómetros hacia el interior del Brazo Upsala.
Al retroceder, el hielo dejó al descubierto algunas antiguas formas del terreno y, al mismo tiempo, reveló mediante estudios sísmicos otras que quedaron sumergidas.
En 2019, un equipo internacional encabezado por la geofísica Maria Beatrice Magnani, de Southern Methodist University, realizó una extensa campaña sísmica en Lago Argentino. Obtuvo unos 250 kilómetros de perfiles sísmicos multicanal y otros 350 kilómetros de registros de alta resolución. Esos datos permitieron reconstruir el relieve y los sedimentos del fondo del lago, identificar antiguas morenas sumergidas y calcular cómo varió la erosión glaciar durante los últimos 20.000 años.
El Brazo Upsala alcanza además profundidades superiores a 600 metros, condición que ayuda a comprender por qué una porción considerable de la historia glaciar quedó preservada bajo el lago.
Del paisaje a los vientos que cruzan Patagonia
El estudio no se limita a establecer dónde estuvo el glaciar. También intenta comprender por qué cambió.
Los autores encuentran que las fluctuaciones del Upsala durante el Holoceno tardío coinciden con modificaciones, a escalas de siglos, en los vientos del oeste del hemisferio sur, uno de los principales controles climáticos de la Patagonia.
La reconstrucción vincula fases más frías y húmedas con condiciones favorables para avances del hielo y períodos más cálidos y secos con retrocesos.
El propio trabajo destaca que el comportamiento del Upsala estuvo influenciado por distintos forzantes climáticos que operan en diferentes escalas temporales.
Los grandes glaciares que terminan en lagos tienen además una dinámica especialmente compleja. La profundidad del agua, la geometría del fondo, la pérdida de témpanos y los cambios en la velocidad del hielo pueden acelerar o moderar la respuesta a las condiciones climáticas.
Por eso el trabajo no afirma que cada metro de retroceso pueda atribuirse directamente a una única variable climática. Lo que sí demuestra es que la magnitud temporal del cambio contemporáneo sobresale cuando se la compara con la historia de largo plazo reconstruida por los investigadores.
Un lago que funciona como archivo
Desde hace décadas, fotografías aéreas, imágenes satelitales y observaciones de campo muestran el retroceso del Upsala. Pero una parte decisiva de la evidencia que permite reconstruir su historia y su presente permaneció durante siglos fuera de la vista, conservada bajo las aguas del Lago Argentino.
Podemos decir que el lago y sus brazos funcionan como un gigantesco archivo geológico, que el avance de la tecnología está descifrando e interpretando.
Una morena cuenta dónde llegó el hielo. Una roca permite estimar cuándo quedó expuesta. Los sedimentos registran cómo cambió la influencia del glaciar a través del tiempo. Y la sísmica permite mirar aquello que actualmente permanece oculto.
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