
Travesía Extrema. Recorrió todo el río Santa Cruz en kayak sin descansar
Guillermo Pérez Luque


Juan Manuel Fabbri, conocido como “Bachi”, nació en Puerto Santa Cruz y desde hace años vive en El Calafate, donde trabaja como guía de montaña en el glaciar Perito Moreno. El kayak llegó temprano a su vida y nunca se fue. “Arranqué de muy joven con el kayak. Me enseñó mi tío, Alberto Grilo, que fue un referente de la actividad”, recordó en diálogo con Ahora Calafate.
La bajada completa del río Santa Cruz era una idea que lo rondaba desde hacía tiempo, pero esta vez se planteó el desafío de hacer los 385 km de extensión sin parar, desde el lago Argentino hasta Puerto Santa Cruz, enfrentando más de 28 horas netas de remada y todas las variables que impone uno de los ríos más imponentes y desafiantes de la Patagonia.



Un desafío personal
Para Fabbri, remar no es solo un deporte. “Ya lo tomé como una filosofía de vida, siempre vinculado a la naturaleza, al entorno que nos rodea”, explicó. Vivir en el sur, dice, invita a convivir con el paisaje y a desarrollar una sensibilidad especial hacia lo que lo rodea.
La experiencia previa fue muy importante. En una bajada anterior había cronometrado que el tiempo efectivo en el agua era 28 horas y media de remada. “¿Sería posible hacerlo sin detenerse?”, se preguntó.
“Empecé a planificar todo. Desde cómo comer y cómo hidratarme hasta cómo mantener la energía constante”, contó. Decidió que nada de comidas grandes, sino ingerir alimentos de forma continua, sumado a una hidratación permanente. “Ahí estuvo el éxito de la travesía”, aseguró.

Un equipo santacruceño
Aunque el plan inicial era bajar solo, la idea cambió cuando se lo comentó a Alex Oliveira, de Comandante Luis Piedra Buena. “Cualquier imprevisto y estás solo ahí”, le advirtió. Fue él quien propuso acompañarlo en un gomón, una decisión que terminó siendo fundamental.
Luego se sumaron Carlos Aguilera, encargado de documentar la travesía con imágenes y drone, y Jorge “Jorgín” Chávez, también de Piedra Buena, con amplia experiencia en navegación del río. “Formamos un equipo bien nuestro, bien santacruceño”, destacó Fabbri.
“La verdad que un placer compartir esta bajada con los chicos. Porque eso me dio a mí también noción de que es muy lindo compartir estas cosas. Y si bien uno a veces está acostumbrado a andar solo, está buenísimo cuando ocurren estas cosas” afirmó Bachi.
El objetivo no era solo deportivo. La bajada también buscó visibilizar la situación de los glaciares, el río Santa Cruz y el impacto de las represas, además del debate por las leyes que protegen los ambientes glaciares y periglaciares. “Son cosas que están ocurriendo en silencio y si no es por los vecinos, no se conocen”, advirtió.

Problemas y una salida retrasada
Nada fue sencillo desde el inicio. Una pinchadura en el gomón, la falta de pegamento náutico en El Calafate y una noche de reparaciones alteraron toda la logística. A eso se sumó que el vehículo quedó encajado en la arena camino a la desembocadura del lago Argentino.
“Fue un momento de estrés y toma de decisiones”, relató. Tras horas de esfuerzo, lograron llegar al agua recién a las 8:45 de la mañana del 7 de enero, con más de cuatro horas de retraso. Pero una vez en el río, todo cambió. “Ahí nos relajamos de todo lo previo y arrancó la aventura”.

La remada fue exigente pero fluida. El clima acompañó más de lo esperado y el paisaje hizo lo suyo. “Vas viendo toda la vida que hay alrededor del río, los picaderos tehuelches, las estancias, la historia”, describió.
La comida la llevó cortada en bolsas y comía en pequeñas raciones, pero de manera permanente. “Solo paraba al baño y esos momentos los usaba para estirar las piernas y sacar de los tambuchos agua y bebidas isotónicas para mantenerme hidratado”, cuenta Bachi a Ahora Calafate
La noche trajo uno de los momentos más intensos. Sin visibilidad y con el río acelerado en la zona de las represas, la navegación se volvió completamente sensorial. “No veía nada, solo sentía el agua y escuchaba el río”, contó. La luna terminó siendo una aliada inesperada.

Con más de 24 horas de remada, apareció el verdadero enemigo: el sueño. “El cuerpo estaba perfecto, pero la cabeza ya no respondía”, confesó. Comer, mojarse la cara, hablar con el equipo y mantenerse en movimiento fueron indispensables para seguir.
La emotiva llegada
Las últimas horas, influenciadas por la marea que proviene del mar, fueron las más duras. Pero todo se alineó según lo planificado. Al llegar a Puerto Santa Cruz, lo esperaba una sorpresa que no conocía: su familia, amigos y el Club Náutico, el lugar donde aprendió a remar. “Fue muy emotivo. No tenía registro de que se haya bajado así, sin parar”, dijo.

Para Fabbri, la travesía va más allá del logro personal. “Ojalá sirva para tomar conciencia del lugar en el que vivimos y de los recursos que tenemos, y también para motivar a otros a animarse a esos proyectos que parecen lejanos”.








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