
“Un museo es el alma de un pueblo”: El Calafate reabre su espacio histórico como Museo Horacio Echeverría
Hector Lara
Esther relata que la llegada de Horacio al museo fue un giro inesperado en su vida. “Horacio siempre estuvo dedicado al campo, vivía solo, hasta un poco ermitaño, su dedicación era la ganadería”, cuenta. Sin embargo, en los años 90, durante la gestión de Néstor Méndez, una invitación cambiaría su rumbo: “Debo agradecer a Néstor, que lo convenció de venir a Calafate y hacerse cargo del museo”.
Autodidacta, curioso y profundamente culto, encontró en la museología una pasión natural: “Siempre le encantó, lo apasionaba, era uno de sus hobbies favoritos”, recuerda Esther. Ese entusiasmo fue el motor de una transformación que marcaría una época. Cuando Horacio asumió, el museo estaba cerrado. Él lideró su reapertura y reorganización:“Estaba nutrido de elementos, tenía sector de historia narrado por Horacio… era un libro abierto”, cuenta Esther. A ese acervo sumó piezas fundamentales: “Donó una colección de piezas líticas que él tenía, además de realizar él mismo las tareas de taxidermia y clasificación de fauna”.
Echeverría también impulsó el museo itinerante, llevando ejemplares a escuelas y centros educativos: “Mostraba y hablaba sobre la fauna, la flora… los chicos aprendían muchísimo”. Esther acompañó ese camino: “Trabajé varios años ad honorem, dando ideas y atendiendo juntos a los visitantes… la gente se iba muy contenta”. Los turistas quedaban encantados con las historias de Horacio: “Un museo es el alma de un pueblo”, afirma que repetía Horacio. “Los visitantes quieren conocer la historia, escuchar a alguien que se las relate… Horacio quedaba feliz viendo a cada visitante irse conforme”.


Echeverría hablaba de pioneros, de la vida rural, de la fauna, de las huelgas y los episodios menos conocidos del pasado local. “Tenía conocimiento pleno de campo… era un gaucho de verdad, con vivencias concretas”, señala Esther. Su capacidad narrativa era vasta: “No paraba de contar anécdotas. Recitaba, improvisaba, hacía payadas con humor campero”.
Para Esther, Horacio era mucho más que un referente cultural:“Era un gran hombre… yo digo que me saqué la grande con Horacio. Fui muy feliz a su lado”, afirma con emoción. Lo describe como “íntegro, solidario, honesto, muy querido, un ser de otro planeta”, amante de la guitarra, la milonga, la jineteada y la poesía. Participó como jurado en eventos tradicionalistas y hace un par de años formó parte de la primera antología poética de El Calafate, entre 45 autores como Nuno Mansilla, Héctor Rodolfo Peña y Mario Echeverría Baleta. En cuya presentación pudo leer su escrito frente a lo presentes. De hecho, Esther nos comenta que estaba preparando un libro propio:
“Tenía sus listas y escritos, quería matizarlas con fotos… que identificaran a nuestro lugar, a nuestra cultura”. Ese proyecto quedó pendiente, pero su valor permanece vivo.

“Horacio partió rodeado de amigos, con una gran sonrisa, hasta con sus anécdotas y humor”, recuerda Esther. Su legado, sin embargo, seguirá latiendo en cada historia, cada pieza y cada visitante que pase por el museo.Este domingo, el pueblo acompañará un reconocimiento muy sentido:“Agradezco a quienes hicieron posible que el museo lleve su nombre… estoy emocionada y muy agradecida”, expresa Esther.
“El nombre es pertinente porque Horacio no hizo más que contar la historia viva del Calafate”.
La reinauguración del Museo Regional Horacio Echeverría, ubicado en Avenida Libertador 550 frente a Plaza Pioneros, invita a toda la comunidad a celebrar no solo un espacio renovado, sino la vida de un hombre que dedicó su tiempo y su corazón a resguardar la memoria local.






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