
La Universidad de Stanford en El Calafate, para estudiar cómo conviven conservación, turismo y comunidades
Guillermo Pérez Luque
Un grupo de la Universidad de Stanford convirtió durante tres días a El Calafate y el Parque Nacional Los Glaciares en espacios de aprendizaje. La experiencia reunió a 14 estudiantes de grado, dos asistentes de posgrado y alrededor de 20 graduados, bajo la coordinación del profesor William “Bill” Durham.
La estadía formó parte del curso “Parques y comunidades en la Patagonia: dilemas de la conservación de áreas protegidas”, perteneciente al Sophomore College de Stanford, un programa destinado a estudiantes que comienzan su segundo año universitario.


El recorrido por la región permitió observar sobre el terreno algunos de los temas estudiados previamente en California. Entre ellos aparecen la creación y administración de áreas protegidas, la relación con las poblaciones cercanas, el turismo, las actividades productivas, la biodiversidad y los efectos del cambio climático.
“La idea es exponer e investigar todas las formas de conservación por áreas protegidas que hay en la zona”, explicó Durham a Ahora Calafate. El programa incluye parques nacionales, reservas y establecimientos privados que incorporaron la protección ambiental y el turismo dentro de sus actividades.
Meses de preparación antes del viaje
La experiencia comenzó mucho antes de que el grupo llegara a la Patagonia. Durante junio, julio y agosto, los estudiantes realizaron lecturas sobre la historia, los objetivos, los logros y las dificultades de distintas áreas protegidas de Argentina y Chile.
“Durante todo el verano (del hemisferio Norte) los estudiantes tenían que leer y escribir sobre ensayos y libros. Exijo que cada mes escriban un ensayo sobre lo que hemos leído y sus pensamientos”, detalló el profesor.
A fines de agosto se reunieron en Stanford para una etapa presencial particularmente exigente. Tuvieron clases durante cuatro horas diarias, además de reuniones y actividades en la residencia universitaria. Durham describió ese período como una dedicación prácticamente exclusiva, de hasta 15 horas de estudio por jornada.
La preparación buscó que cada participante llegara a Sudamérica con conocimientos previos y una investigación propia. Los alumnos debieron elegir un problema relacionado con la conservación, revisar publicaciones académicas, formular preguntas y preparar una presentación.
Durham aclaró que, por tratarse de estudiantes de segundo año, los trabajos no consisten todavía en investigaciones con producción de datos originales. “No hacemos estudios en campo, sino estudios en la biblioteca sobre la literatura. Así empezamos, paso por paso, y luego esperamos que hagan otras investigaciones con datos originales, tesis y hasta doctorados”, señaló.

El territorio como parte de la clase
La etapa desarrollada en El Calafate incluyó una jornada en Estancia Cristina, con navegación por el Lago Argentino, aproximación al frente occidental del glaciar Upsala y un recorrido hacia un punto panorámico desde donde se observa parte del Campo de Hielo Patagónico Sur.
La elección de Estancia Cristina aportó un caso concreto para comprender cómo pueden cambiar los usos de un territorio dentro de un área protegida. El establecimiento, iniciado por la familia Masters en 1914, tuvo durante décadas a la ganadería como actividad principal. Tras la creación de la Reserva Nacional Los Glaciares en 1937 y del parque nacional en 1945, quedó comprendido dentro del área bajo jurisdicción de la Administración de Parques Nacionales.
Con el paso del tiempo, la actividad ganadera perdió protagonismo y el establecimiento avanzó hacia el turismo. El ganado fue retirado en 1997 y la prestación de servicios turísticos se convirtió en su principal actividad. Esa transformación permitió al grupo analizar en un mismo lugar la relación entre producción, regulación estatal, conservación y economía turística.

La visita al glaciar Perito Moreno ofreció otro escenario para estudiar la historia natural del área y los cambios observados en los ambientes glaciarios. Durham utilizó precisamente ese ejemplo para explicar cómo trabajan sus alumnos.
“Si alguien nos puede hablar sobre los cambios en el glaciar Perito Moreno, por qué ha cambiado y qué nos indica sobre el cambio climático o sobre la situación del clima acá, entonces decide estudiar eso y leer hasta la fecha en la literatura”, relató.
Las presentaciones se realizaron durante el propio viaje. Los estudiantes expusieron ante sus compañeros, docentes, guías, personas conocedoras de la región y graduados de Stanford con experiencia profesional en diferentes campos.
Para Durham, esa instancia tiene un valor formativo central. Los jóvenes deben explicar sus hipótesis, mostrar qué encontraron en la bibliografía y responder preguntas de una audiencia heterogénea. “Esa experiencia de presentarse, de hacer hipótesis y mostrar qué encontraron en la literatura, es muy valiosa para ellos”, afirmó.
Estudiantes y graduados aprendiendo juntos
Una característica particular del programa es la participación de exalumnos de Stanford. Algunos cuentan con décadas de experiencia profesional en conservación, fundaciones, investigación y otras áreas vinculadas con los temas abordados.
Los graduados se incorporaron después de la primera semana de clases y compartieron los debates, las presentaciones y el recorrido por la Patagonia. Durham definió la propuesta como una experiencia de “aprendizaje intergeneracional”, en la que estudiantes jóvenes y profesionales de distintas generaciones aportan perspectivas diferentes.
El programa comenzó a desarrollarse en 1993 y pudo mantenerse, según explicó el coordinador, por el apoyo de exalumnos que participaron en sus primeras ediciones. Varios de ellos valoraron la posibilidad de viajar con estudiantes y especialistas, y realizaron aportes económicos para garantizar su continuidad.
La Patagonia es uno de los escenarios escogidos para esta modalidad, que Stanford también aplicó en Galápagos, Costa Rica, la selva peruana y Tanzania. Son regiones donde las condiciones ambientales, las formas de protección y la relación de las comunidades con el territorio pueden ser observadas directamente.
El curso ya había recorrido la Patagonia en 2016. Una década después, regresó con la misma pregunta de fondo: cómo proteger la biodiversidad y, al mismo tiempo, construir modelos socialmente justos y compatibles con las actividades y necesidades de quienes habitan cada región.
Durham señaló que la selección de los participantes también buscó reunir distintas formaciones, procedencias y miradas. El criterio fue elegir a quienes pudieran aprovechar la experiencia y contribuir a comprender “lo que estamos viendo y cómo las lecciones de acá se comparan con las lecciones de otras partes”.
Antes de continuar el seminario hacia Chile, el profesor agradeció la posibilidad de conocer la experiencia argentina en materia de conservación. “Estamos muy satisfechos y agradecidos por compartir su país, su programa de áreas protegidas y sus parques nacionales con extranjeros que venimos con interés”, expresó a Ahora Calafate.
Durante esos días, los glaciares y paisajes que atraen visitantes de todo el mundo fueron también el punto de partida para examinar decisiones, transformaciones y tensiones que atraviesan a las áreas protegidas. Para Stanford, El Calafate ofreció algo más que un destino dentro del itinerario: un territorio donde las relaciones entre naturaleza, turismo y comunidades pueden estudiarse en toda su complejidad.






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