
El Chaltén como origen de una travesía extrema hacia el Pacífico



La travesía de Marcos Luvini y Fernando Ferrández comenzó mucho antes de pisar el hielo. Empezó en los mapas, en la lectura paciente del territorio y en una idea que fue creciendo con los años: unir El Chaltén con Puerto Edén atravesando el Campo de Hielo Sur y los fiordos del Pacífico chileno, sin asistencia externa y siguiendo los tiempos que impone la naturaleza.
Durante más de dos semanas avanzaron por uno de los espacios más extremos y menos conocidos de la Patagonia. Diecisiete días sobre el hielo continental, más etapas por selva magallánica, turberas, ríos y fiordos, en una geografía que obliga a bajar el ritmo y a aceptar que no todo se puede controlar.



El punto de partida fue El Chaltén, con el Paso Marconi como puerta de entrada al Campo de Hielo Sur. Allí, la espera fue parte central de la expedición: 18 días aguardando una ventana climática adecuada. “No se puede entrar al campo de hielo sin clima perfecto. Aprovechamos ese tiempo para portear comida y equipo, llevando cargas hasta donde podíamos y volviendo a bajar”, explicó Luvini.
Cuando finalmente llegó la tregua del tiempo, tuvieron apenas tres días de sol para avanzar. “Es un lugar donde no hay margen de error. La paciencia fue clave”, resumió.

El Campo de Hielo Sur es la tercera mayor masa de hielo del planeta después de la Antártida y Groenlandia, e impone una escala difícil de dimensionar. Las distancias engañan, el horizonte se repite y la calma se vuelve una herramienta de supervivencia. “Lo que parece cerca puede llevar horas. Apurarse no sirve”, contó.
Tras cruzar el hielo, comenzó el descenso hacia una Patagonia distinta: selva cerrada, terreno inestable, troncos podridos y humedad permanente. En ese tramo avanzaron apenas cinco kilómetros en cuatro días. A las dificultades del terreno se sumaron golpes y problemas físicos, que obligaron a frenar, descansar y reorganizar el plan.
El objetivo final siempre fue Puerto Edén, un pequeño poblado de los fiordos del Pacífico chileno, habitado por descendientes del pueblo kawésqar. No hay caminos para llegar: sólo se accede por barco. Para completar la travesía, Luvini y Ferrández continuaron en botes inflables, remando por fiordos y esteros poco explorados, esperando mareas favorables y respetando los tiempos del viento.

En el trayecto acamparon frente al glaciar Pío XI, el más grande de Sudamérica, y atravesaron zonas donde la presencia humana es casi inexistente. “No se trata de pelear contra el entorno, sino de leerlo y adaptarse”, señaló Luvini.
La llegada a Puerto Edén no fue el final. Todavía debieron esperar el ferry hacia Caleta Tortel y luego encontrar la forma de regresar a El Chaltén por Laguna del Desierto. Ese tramo insumió otros diez días, atravesados por temporales de viento que también se hicieron sentir en la costa argentina.
La idea de la expedición nació de la curiosidad y de años de experiencia en el territorio. Ferrández conoce el Campo de Hielo Sur tras varias temporadas de exploración, ascensos y travesías. Luvini aportó su experiencia náutica para evaluar el cruce por los fiordos. “Fue una buena dupla”, coincidieron.
Ambos compartieron una premisa: total autonomía. Sin helicópteros, sin porteadores, sin apoyo externo. Todo lo necesario debía entrar en la mochila. “La libertad viene de esa responsabilidad. Acá los errores se pagan caro”, reflexionó Luvini en Infobae.

Lejos de la lógica de la hazaña o la adrenalina, la expedición fue una experiencia de atención constante. Esperar, observar, avanzar cuando el entorno lo permite. En ese ritmo aparecieron escenas difíciles de olvidar: una foca remontando un río, el esqueleto de una ballena varada, el silencio absoluto del hielo, la inmensidad de los fiordos.
“Muchos conocen el Perito Moreno, pero es sólo una lengua del Campo de Hielo Sur. Hay una Patagonia enorme que sigue siendo desconocida”, dijo Luvini, sorprendido también por la repercusión que tuvo el registro del viaje en redes sociales.
Desde El Chaltén hasta Puerto Edén, la travesía dejó algo más que kilómetros recorridos. Fue, como ellos mismos lo definieron, una forma de volver a mirar el territorio sin apuros, sin filtros y sin reducirlo a una postal. Una Patagonia viva, exigente y todavía difícil de abarcar con palabras.






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